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mayo 20, 2018

La asesina del sumotori

Hacia las 2:30 de la tarde le dijeron que se presentara. Llegó puntual. Se bajó de un taxi y caminó con firmeza desde la entrada en dirección al bar. Ella conocía el lugar muy bien.

Ante el desparpajo de su actitud, sin sonrisa ni agradecimiento, el botones que con cortesía le había abierto la puerta hizo una mueca desaprobatoria. A esa hora del miércoles el hotel todavía estaba aquietado. En el Kimpton Ink48 nadie la reconoció aunque ella era una visitante habitual, maestra de las personificaciones. Esta vez el atuendo distaba mucho de los usuales: llevaba un vestido rojo largo, suelto; sandalias bajas, un clutch dorado. Su largo cabello sometido en una crizneja, sin aretes y con unos enormes lentes violeta. La boca pintada apenas con un brillo rosado, sus ojos, eso sí, destacaban bajo el maquillaje dramático: dos perlas negrísimas resaltadas por una sombra lila iridiscente.

Se acercó a un extremo de la barra donde la esperaban dos hombres con rasgos asiáticos: uno sentado, de bajo tamaño con lentes redondos y traje, y el otro, de pie, alto y fornido con una chaqueta de los Lakers que le quedaba justa. Ella saludó en cantonés, adelantó su mano y apretó con firmeza la derecha de cada uno de ellos. Se sentó y ante la llegada del barman pidió un Lychee Saketini. Los hombres tenían frente a sí dos vasos de Jack Daniels.

Habían acordado que el pago iba a ser de $10,000 pero al final exigió un aumento. No va a ser fácil pasar desapercibida con esa mole... Ya saben que será pulcro y en menos de dos semanas, así que deben pagarme más. Los hombres sabían que ella no alardeaba, los contactos en Macao la habían investigado muy bien. Sus palabras eran suficientes. 

Llegó el barman con el cóctel, primero ella dio un discreto sorbo, paladeó agradada y luego dio un trago prolongado. El hombre más alto miró al pequeño con una media sonrisa. Sacó un sobre rojo del lado derecho de su chaqueta y otro, de color blanco, del bolsillo izquierdo. Ella tomó cada sobre y los guardó en su bolso de mano. Dio un último sorbo a su bebida. Bajo la fría mirada del par de sujetos, hizo una leve reverencia con su cabeza y se levantó. Hasta esa tarde ella ya llevaba en su cuenta más de $40,000. Al terminar este trabajo pensaba desaparecerse por dos meses en Sudamérica. Ella soñaba con conocer Rio de Janeiro, Bariloche y Punta del Este. Se merecía unas vacaciones.


Akihiko Ashimoto sonreía como niño. El contacto le aseguró discreción. Era su primera vez con una geisha ¡y en la Gran Manzana! Estaba en América sintiéndose como una verdadera celebridad. El sujeto le dijo que lo buscaría a las 9 para que estuviera con ella. Le advirtió que solo sería por dos horas, él aceptó con gusto.

Ashimoto, el sumotori Yokozuna del año, había llegado hacía apenas dos días y su representante desde Tokio le había conseguido las entrevistas para los diarios de prestigio, el agasajo en la casa del embajador y el chofer que lo iba a trasladar por la ciudad, pero no se esperaba esta sorpresa: tener una genuina dama de compañía. La verdad le causó algo de extrañeza, pero pudo más su fantasía juvenil que su suspicacia de adulto.

Cuando regresó al hotel cerca de la medianoche del sábado le solicitó al Concierge le subiera a la habitación 6 botellas de cerveza y le consiguiera un plato de Chankonabe. Se le veía feliz, sin embargo se había quedado con muchas expectativas de ese encuentro, deseaba que se repitiera. Ya en la habitación decidió llamar a quien le había contactado y le pidió un nuevo encuentro con la geisha. La voz le respondió que iba a hacer algo inusual: iba a darle el número de teléfono de ella. Akihiko sonrió pleno y le dio las gracias repetidas veces. 


Ashimoto no podía estar más ansioso. Llevaba 4 días intentando comunicarse con ella y esta le respondía que no podía hablar. Finalmente la mañana del viernes ella le dijo que se verían por más horas esta vez. Ella planificó el encuentro para las 9 de la noche del domingo. El sumotori estaba muy exaltado, ni siquiera cuando estaba luchando por la Copa del Emperador se sintió de esa manera.

La mañana del domingo ella recibió el uniforme completo y la tarjeta. Ahora debía ir al hotel para iniciar su plan. Ya tenía listo el vestuario y la performance de su acto para la noche. Tomó el morral preparado y salió. Llegó al lobby del Kimpton Ink48 y preguntó por la habitación de la señora Madison. Tengo una cita con ella, soy su manicurista. 

Tomó el ascensor, pulsó el piso 4. Llegó al corredor, subrepticiamente constató la posición de la cámara del techo y se dirigió a la habitación 41. Con su morral en su hombro izquierdo, se acercó a la puerta y pretendió tocar. Con disimulo tomó la tarjeta que tenía oculta en la pretina del pantalón y abrió la puerta, empujándola leve con sus dedos. Hizo un saludo con la cabeza como quien es recibido por alguien y entró al cuarto. 

Pasada una hora ella salió de la habitación siguiendo el mismo juego inicial de pretensiones: se quedó en la puerta, movió su cabeza de un lado a otro como hablando con alguien, levantó la mano en señal de despedida y cerró la puerta. Esta vez su morral iba ligero.

A las 9:15 de la noche cuando Akihiko la buscó con su chofer se sorprendió de la ropa que llevaba puesta: un conjunto muy holgado de pantalón y chaqueta con capucha, parecía una cantante de Trap o Hip-hop. Eso le dijo bromeando al subirse a la camioneta. Ella lo besó de improviso. Este hombre enorme se enrojeció como un niño con su primer beso y sintió desbocado su corazón. Ella se apartó hacia la ventanilla y lo dejó aun más sorprendido. El ganador de múltiples torneos no sabía qué hacer, qué decir. Ella le indicó al chofer que irían al hotel donde se hospedaba el sumotori. Ashimoto estaba paralizado, ¿acaso había recibido un golpe mortal de amor?

Frente al hotel él salió con sus 491 libras repletas de galantería y le abrió la puerta. Ella esperó, se puso la capucha, tomó su mini bag Gucci y le guiñó un ojo coqueta al salir. Akihiko sonreía espléndido y ni siquiera se percató del saludo del botones que iba fuera de su turno.

Entraron casi con parsimonia, ella manteniendo el paso bamboleante de él. Ella se dejó guiar hacia el ascensor. Allí lo miraba muy seria. Él tocó el botón del piso 4; sintió la sensación de ir a un combate, excitado y a la vez nervioso, rendido ante los juegos de seducción de esta bella mujer que lo atraía muy fuerte.

Al llegar al piso ella se sintió en total control de la situación. El encuentro final del Yokozuna Akihiko iba a comenzar muy lejos del dohyo

Para empezar su labor ella le indicó que se sentara en el borde de la cama. Ella se quitó el suéter con la capucha y el largo pantalón mientras él se despojaba de su habitual yukata. Él abrió los ojos sorprendido. Bajo esa vestimenta holgada estaba ella vestida como una mucama. Ella tomó su móvil del bolsillo del suéter y empezó un sonido de tambores. Ajustó el volumen mientras movía sus caderas como bailarina tahitiana. Akihiko descubriría de repente (y algo tarde para él) el placer del juego de roles. 

Por momentos ella se acercaba seductora, después se alejaba haciendo gestos con su boca y manos. Iba de un lado a otro moviéndose sexy. En un momento dado fue hasta la mesa donde había dejado su bolso y sacó un frasco. Lo destapó, se subió a la cama y dejó caer el contenido aceitoso en la cabellera de él. Akihiko reconoció el olor del bintzuke, sonrió. Su erección era poco perceptible en contraste con su respiración entrecortada y sibilante. Por un momento Akihiko quiso agarrarla por una pierna pero ella se le escurrió con rapidez. Él deseoso, ella cauta.

Todo tiene su tiempo, espera... Desde su coronilla fluía el líquido. El sumotori no paraba de sonreír. No estaba preparado para esta sesión de viscosa sensualidad. Ella le esparcía el contenido de la botella en toda la extensión de sus 6'4 de estatura. Cabe decir que él se encargaba de distribuirlo por sus brazos y abultado abdomen con un disfrute que no había conocido antes. Acariciarse a sí mismo lo estaba percibiendo como algo extraordinario. Con la música hipnotizante este sensualismo -nunca antes sentido por él- era fascinante.  

Ella se le acercó al oído y le susurró algo. Él extasiado se levantó y con algo de dificultad se puso de rodillas en la alfombra. Ella continuó vaciándole el aceite por su espalda y piernas. La percusión seguía sonando, insistente, contagiosa. Ella sabía que debía esperar un poco más, la tetrodotoxina tomaría cerca de 20 minutos en empezar su efecto.


Akihiko primero sintió un leve escozor en su garganta. Acto seguido un cosquilleo en sus miembros inferiores y después una rigidez en todos sus músculos. Se desplomó de frente casi sin darse cuenta, ya sus neuronas estaban en shock. Caíste rendido ante el poder del fugu, un pez tan gordo como tú.

Ella apagó la música, tomó el frasco vacío, lo tapó y lo guardó junto con el móvil en su bolso. Agarró una toallita del baño y casi con ternura le tomó el cabello al sumotori inerte y se lo dispuso como una onda sobre su amplia espalda, una manera de firmar el trabajo concluido. 

Bajo la cama tomó dos toallas grandes y una amplia cartera que contenía un vestido largo de flores que había guardado en la visita que hizo desde la habitación contigua una semana atrás. Dentro de la cartera metió el mini bag y la envolvió en una toalla. Dobló el pantalón y el suéter en su mínima posibilidad y los puso entre la otra. Todo quedó ordenado sobre la mesa. Encendió el televisor y se metió entre las sábanas. Ahora le tocaba esperar la revisión de las camareras en la mañana. Puso la alarma a las 7:30.


Según el sonido de las puertas podía saber cuándo la mucama del piso salía y entraba de una habitación a otra. Solo debía esperar los próximos 10 minutos. Allí aprovecharía para salir. Sin apuro se ajustó el cabello frente al espejo. Sobre la alfombra quedaba sin vida su encargo: un pedido con una larga historia de venganza.

Escuchó el portazo primero, luego el sonido de las rueditas del carro de limpieza, después el clic accionando la apertura de la cerradura de la habitación de al lado. Miró rápido el desorden esperado en una habitación de hotel, tomó el paquete de toallas y abrió la puerta con naturalidad. Cerró tras de sí y salió ecuánime hacia el cuarto de aseo. Allí botó el pantalón y la capucha. Salió de nuevo al corredor rumbo a las escaleras. Bajó dos pisos, tomó el ascensor y pulsó el piso 10. Rauda se sacó el uniforme y se puso el vestido. Dobló la toalla, guardó el traje; se soltó el cabello, sacó un par de lentes y se aplicó un labial rojo. Al llegar al piso indicado marcó Lobby.

Salió del ascensor caminando lento mientras pretendía hablar por teléfono en francés. El Concierge de turno le dio los buenos días. Ella respondió con una amplia sonrisa. Ya estaban por empezar sus vacaciones soñadas.

marzo 01, 2018

La marca del sumotori

A las 11 menos cuarto, eso respondió la mucama. Nadie podía saber mejor que ella la hora cuando fue descubierto el cuerpo.

Ante el asombro del Concierge y de todos en el hotel, el deceso del hombre había pasado desapercibido todo el día previo. Bajo la responsabilidad del gerente de servicios internos estaba la respuesta de porqué no se había limpiado esa habitación el día anterior. Cabe destacar que todos los turnos estaban completos, por lo tanto, no había excusa posible de falta de personal. El hecho era que había un hombre tirado en la alfombra de la habitación 40 de ese afamado hotel.

Con la noticia regada por la ciudad, el lobby era un caos: periodistas, policías y curiosos se agolpaban en la recepción esperando saber mayores detalles de esa mole de 6'4 y 491 libras inertes. Contra todo pronóstico los forenses no tenían suficiente fuerza para darle vuelta al occiso. Eran dos expertos de estatura media que solo se destacaban por sus enormes ojeras. Ambos flacos, ambos orejudos, ambos con cara de hambre y bajo salario. Contraste notable del que yacía en toda su humanidad sobre la alfombra beige con diseño de artista japonés.

De Japón curiosamente era el muerto. Un famoso sumotori que había llegado hacía una semana a la ciudad para participar en un evento benéfico patrocinado por la embajada.

En los corredores del Kimpton Ink48 todo era un chismorreo. Se hablaba de lo que había pedido a la habitación cuando llegó pasada la medianoche del sábado. Todo era exageración, todo sonaba hiperbólico. Durante la semana solo se hablaba de él. Los recepcionistas, los meseros, el sous chef, las camareras, todos hablaban de "el gordo" con una familiaridad casi vergonzosa. No había que olvidar que era la mañana del lunes y ante las circunstancias era necesario dirigirse con respeto, al menos.  

Entre la 1 y 2 de la tarde buscaban todavía cómo hacer para levantar el cadáver. Hacía frío en la ciudad y los atolladeros del tráfico no disminuían. La furgoneta del servicio médico forense estaba en camino con tres hombres fornidos: el experto en dactiloscopia, el odontólogo y el histopatólogo interino. Habría que seguir esperando. Mientras tanto las especulaciones sobre las causas de la muerte se disparaban como apuestas. Hasta los huéspedes estaban atentos a las últimas noticias sobre el deceso, aunque el cotilleo estaba más presente en las cantidades de toallas que pidió le subieran al cuarto; la docena de huevos que comía para desayunar junto a la media libra de arroz que encargaba al restaurante de la calle 42.

Para la mucama que le tocó el infortunio de descubrir la humanidad desbordada de Akihiko Ashimoto desnudo, boca abajo y con el largo cabello dispuesto como una onda sobre su espalda, las preguntas eran incómodas. No, había el desorden usual. Sí, la puerta estaba cerrada. No, no toqué nada.  

Por alguna curiosa razón la mujer solo llamó dos veces de las acostumbradas seis, introdujo la tarjeta maestra y se encaminó hacia el centro de la habitación. Allí dio un grito y, quizá, un salto hacia atrás al casi chocar con los pies del occiso. De inmediato salió corriendo y avisó a su superior por el radio transmisor ubicado en el cuarto de aseo del piso.

Según los testigos, la noche anterior el señor Ashimoto había llegado con un acompañante cerca de las 10 de la noche. Al botones -que dijo que estaba saliendo de su turno- le pareció curiosa la vestimenta de la persona que caminaba al lado de "el gordo". Era alguien con un conjunto de pantalón y chaqueta muy holgado, como si fuese de otra persona, además llevaba puesta la capucha, por lo que no se le podía ver la cara. Muy raro...
   
Sin embargo cuando llegaron la mucama, los agentes de seguridad y el gerente a la habitación no vieron rastro de algún acompañante. Posteriormente en el video del acceso al ascensor desde el lobby y luego en el del piso 4 se podía constatar al huésped asiático caminando parsimonioso junto a alguien con capucha y largos pantalones que arrastraban el piso.

Sobre las tres de la tarde finalmente pudieron darle vuelta al cuerpo. Se destacaban dos elementos: la sonrisa rígida como la de un enorme muñeco de juguetería y el tatuaje de una boca con labios rojísimos cerca de su pelvis. La imagen de la mole en rigor mortis quedó impresa en la foto del patólogo.

Lo curioso fue que tras llevarse el cuerpo quedó una silueta aceitosa en la alfombra: el enorme contorno del muerto había dejado su marca para siempre.

enero 27, 2018

Frente al espejo

La niña descolgó el espejo cuadrado al lado de la cómoda. Su madre lo usaba para mirarse el cabello; lo tomaba y se ponía de espalda al gran espejo del tocador, así lograba ver el estado de su pelo por detrás. 
La niña, entonces, tomó el espejo y fue al baño. Se paró frente a su reflejo y alzó el cuadrado extasiada de ver la sucesión de espejos en el espejo. Era como si se metiera a toda velocidad en un túnel reflexivo. Intentaba ver hasta dónde más podía verse. 
Sentía que casi se mareaba. Era una sensación maravillosa ver cómo los cuadrados iban encadenándose uno tras otro construyendo una vía que parecía eternizarse.
La niña por momentos alzaba la vista de ese hipnótico instante y se miraba. Era como si quisiera constatar que todavía estaba allí, detenida en el tiempo, en el baño de su casa, en la niñez que la salvaba.
El juego con el espejo, la niña lo hizo por mucho tiempo... Hasta que creció y quiso descubrir quién, de verdad, era esa, la del reflejo.

diciembre 06, 2017

La mesa herida

Fela terminó de aspirar la alfombra del cuarto de huéspedes. Repasó con la vista la impoluta cama, las cortinas corridas ajustadas al milímetro de un paño a otro, la silla a distancia de la mesa auxiliar, el armario abierto con la bolsita de sachet de lavanda colgada en una esquina. Todo en orden, todo correcto como le gustaba a Mme. Elianne. Apagó la lámpara y cerró despacio dando una sola vuelta a la llave. Solo le faltaba revisar, por última vez, el estudio de M. Franz.

Caminó hacia el corredor con la aspiradora alzada un poco para no rayar el piso de mármol ya limpio, Fela sonrió al ver el juego de rayos que entraba por el tragaluz jugueteando entre las vetas grisáceas. Se detuvo un momento para admirar la magia lumínica que se desprendía del vidrio biselado a lo largo de ese estrecho paso, miles de liniecitas resplandecientes que aparecían gracias al sol de verano. Hoy se despedía de esta casa, y sobre todo, de este espacio hermoso. Hizo un gesto de aprobación con la cabeza y siguió en movimiento hasta llegar a la puerta blanca.

Tomó la llave pintada de blanco y entró al espacio privado de M. Franz: un perfecto cuadrado con dos ventanales enormes enfrentados de derecha a izquierda donde la luz inunda la habitación. Él es un obsesionado con el blanco, todo lo que es de su uso exclusivo debe ser de ese color: el escritorio, la lámpara de lectura y la silla, la laptop, el ratón y las hojas apiladas en una bandeja de metal, los estantes de la biblioteca y la escalera móvil. Todo albo.

No hay persianas ni cortinas. Durante el día puede disfrutarse de la vista al jardín. Afuera todo verde, multicolores las flores, la vida vegetal creciendo. Adentro la quietud solo alterada por algún canto de jilguero. Es el recinto perfecto para leer y los libros ocupan las paredes contiguas a la puerta, de techo a piso.

A Fela le gustaba el estudio de M. Franz con la única excepción de esa pintura perturbadora que aparece chocando las pupilas iluminadas justo al abrir la puerta. Allí ocupando buena parte de la blanca pared está la escena del enorme cuadro tras un cortinaje como de representación teatral. El foco está en la mesa manchada de sangre con piernas humanas desolladas sustituyendo las patas usuales. Al centro una mujer de cejas profusas con falda sangrante y un brazo como artilugio metálico. Un ser a la izquierda, especie de espantapájaros con cabeza mínima, pareciera contenerla entre brazos fuertes que se posan en la mesa. A la derecha de la mujer, un esqueleto con piernas de madera y una sonrisa dibujada le toma una porción del largo cabello mientras un ciervo joven parece mirar al espectador sorprendido. Al costado izquierdo de la escena un par de niños en absoluto contraste con ese surrealismo de sangre por doquier, quizá hecho durante un rapto de dolor o tan solo como la muestra de una pesadilla que se hizo pintura.

Fela contenía el aliento mientras miraba el cuadro. No podía decir que le gustaba lo que veía, pero algo le hablaba en susurros de la inconsistencia del amor, del arte del sufrimiento. De repente un portazo la sacó de su embeleso, ya era tiempo de irse. Le esperaba otra casa, otra familia, otras historias ocultas que nunca estarían en libro alguno.
  

noviembre 11, 2017

Tras una ventana





Hay historias que nacen a través de una ventana. Se cuela la luz adentro y con ella, el suspiro de alguien que mira la vida pasar, mientras, a la vez, hay alguien afuera que atisba una sombra y vuelve a otear hacia ese cuadrante en la oscuridad.

Desde el exterior se siente el viento, el sol tímido y la cotidianidad que danza en la vereda. Quien desde afuera observa se pregunta cómo será la historia que se vive allí, puertas adentro. En el interior de esa casa, aquella que también mira se pregunta qué buscará ese insistente vistazo en su impertinencia.

¿Se vivirá allí oculto del ritmo perezoso de las horas en una vida descolorida, sin emociones?, piensa el viandante.

¿Qué tanto se disfruta la vida que transcurre bajo el sol, con el viento alborotando cabellos en la insistencia de esos ojos curiosos que persisten en mirar?, susurra la vocecita diez pasos atrás, alejada de la ventana.

La mañana va pasando. Se oyen los pasos del caminante en la acera. El silencio continúa en aquella casa a oscuras.

Hay vidas que se mantienen tras un cerrojo. Hay buscadores de historias, trashumantes e inquisitivos. Solo hace falta atrevimiento y un toque firme de nudillos a la puerta. Lo interesante es pasar más allá del contraste entre luz y oscuridad.

octubre 18, 2017

TOC


La suerte favorece sólo a la mente preparada. Isaac Asimov


Nunca pensó en la suerte. De hecho, creía que las cartas estarían marcadas, no obstante se atrevió a continuar con su deseo.

Esa tarde se vistió con lentitud luego de darse un baño de tres minutos. Su agobio se colaba a través de su respiración, sibilante como la de los asmáticos. Había llegado la noche anterior. Se despertó pasado el mediodía, tenía el cuerpo extrañamente cansado. Ahora, al final de la tarde se preparaba a cumplir su sueño: jugar en el casino más importante del mundo.

Sentado en la cama, se puso primero las medias, luego tomó el pantalón doblado en el tiro y lo sacudió vigorosamente. Zapatos a la derecha; camisa, corbata, cinturón y saco alineados a la izquierda. Aquel orden pautaba sus actos y sus movimientos parecían casi un ritual. Ya listo, pasó sus manos suavemente por su cabello ralo. Tomó de la mesita de noche los billetes fijos en el clip, la tarjeta magnética, el pasaporte y un pequeño pañuelo blanco. Caminó hacia la puerta de salida de su habitación, se detuvo un instante, luego de contar hasta quince, apagó la luz de la magnífica lámpara de cristal y giró con la mano izquierda la manija. Partió hacia el casino.



En el hall del hotel dos mujeres y un anciano reían escandalosamente; el botones se acomodaba el corbatín y Adolfo en tres zancadas ya estaba con el brazo extendido intentando abrirse paso hacia la puerta giratoria. Afuera, la noche brillaba tras el millar de juego de luces. Las veredas exudaban múltiples fragancias tras los paseantes, risueños buscadores de fortuna. Todo bullía en un compás diferente del que estaba acostumbrado este infeliz dueño de relojería. Casi 650 kilómetros separaban su mundo de esa atmósfera boyante que se respiraba en Montecarlo. Las fuentes incansables; las limusinas yendo y viniendo en una sucesión continua y Adolfo Wetz, que por momentos suspiraba en camino hacia aquella magistral entrada barroca. Más allá de las cariátides y los bajorrelieves, el ingreso al salón le parecía muy lento. La parsimonia del personal le incomodaba tremendamente. Él no estaba dispuesto a perder mucho tiempo, al menos eso no estaba en su plan.

Adentro el salón estaba repleto. La magnificencia de sus espacios, las siluetas semidesnudas de los techos, los candelabros bellísimos y la organizada disposición de las mesas era más de lo que había producido su fantasía. Le pareció un microcosmos de razas y atavíos a lo cual se le sumaba cierto donaire en las maneras de la gente. Un olor impreciso entre desinfectante, madera y cítricos danzaba en el ambiente. Adolfo vio en panorámica ese espectáculo de adrenalina que batían dados y lanzaban naipes. Caminó como autómata hacia una mesa en particular. A la izquierda, su destino giratorio lo veía más grande y más dorado que en sueños. Parecía que esta realidad la percibía como a través de un cristal de zafiro.

La ruleta estaba con al menos veinte personas. El croupier principal, un hombre en sus treinta, repetía maquinalmente sujetando firme el pequeño rastrillo: Faites vos jeux… Les jeux sont fait… Rien ne va plus. A Adolfo se le asemejaba una máquina de tragamonedas, pero al revés. El otro croupier, de edad imprecisa, parecía un reflejo. El jefe de mesa observaba atentamente cada movimiento desplegado sobre el paño verde. Adolfo, los primeros minutos, intentó ubicarse en la esquina. Ya a los veinte, estaba algo más cerca del centro de la mesa. No quería ser un simple espectador, no había venido a eso. Su anhelo estaba en sentirse parte de ese mecanismo exacto de perder sucesivamente y ganar en un simple giro: desgracia o felicidad total vista desde un bisel giratorio rojinegro.

Tras algo más de tres horas, las apuestas eran movidas como cuerdas de corona. Las 37 casillas estaban vestidas solemnes esperando el vuelco de una vida. El monto: un millón de euros, alarma para incautos. Adolfo seguía jugando a lo tier, enfocado en sus seis piezas, ansioso en ese autocontrol férreo que se infligía. La pequeña bolita de marfil se detuvo en el número 10 y un murmullo quejumbroso proveniente de dos parejas de asiáticos sacó a Adolfo de su concentración. Le miró las caras, entre sonreídas y avergonzadas. De pronto, una anciana sentada al frente dijo: luck is fickle. Las mujeres se miraron confusas y los hombres comentaron algo en su lengua. Adolfo pareció escuchar más ronca aún su propia respiración. Hizo conciencia de ello y se aquietó brevemente tal como los sabuesos para captar mejor un sonido. Era como si una locomotora comenzara a moverse. En ese instante, la imagen de Eva, la mesa de la cocina y aquellos espárragos tirados en el piso le revolvieron el estertor de viejas pasiones. La primavera, la amiga confidente, la amante espléndida y varias copas de vino fueron las culpables del arrebato. Era curioso, para él la fortuna siempre le había sonreído, sin embargo nunca se había permitido el amor. Eva se había quedado en el recuerdo solamente. Él nunca quiso ir más allá a pesar de advertir todas las señales que sí era el hombre de la vida de ella. Eva jadeante, Eva llorosa. Las evocaciones saltaban cual las olas del mediterráneo de aquella casa de las afueras, pero ya no tenía veinte años, sino sesenta cumplidos: era un simple reloj de péndola.

Su memoria le gastaba bromas pesadas. Se paseó por la casa de sus padres, la calle del mercado. Su local, antiguo y reconocido; sus preciadas piezas del siglo XVIII; el daguerrotipo del abuelo Èmile; su caja de herramientas, el escritorio con las cartas sin abrir. Sintió la furia aparecer con ese recuerdo; no podía dejarse llevar por las trampas del inconsciente. Él, muelle real, debía mantenerse sincronizado con la estrategia de juego; total era su único sueño posible. Era tarde y Adolfo no olvidaba el ritmo de las manecillas. Mientras, Nix había avanzado en sus horas junto a su hija Ker, ambas esperando el golpe de suerte.

Adolfo se sintió cansado de tanta presión. Se decidió. Tomó el resto del lote de fichas que había comprado. Las colocó sobre el tapete. No quería hacer una apuesta de tercio, ni cheval, ni de sexta. Decidió jugar impar y apostó al 11. Tomó el pañuelo de su bolsillo y se limpió las manos cuidadosamente.
Las calles todavía no dejan la pereza de la juerga de la noche. Solamente los barrenderos están bajo ese cielo azulísimo. Las tiendas del Cercle d’Or muestran la vida apetecible, cerrada a esa hora de la mañana. La vida en Montecarlo parece inmune a lo tétrico.
El asistente del piso asegura que lo vio dirigirse a la taquilla con su bolsa de fichas, sonriendo tímido tras los aplausos corteses de los asistentes. Las mujeres de traje largo suspiraban al pensar cómo podría gastarse esa cantidad de dinero. Los corbatines de los caballeros se ajustaban en cuellos envidiosos. Unos minutos después, por la ventanilla, el cajero deslizó con ambas manos el preciado sobre. En un impulso fallido Adolfo extendió su derecha, corrigiéndose de inmediato. Sudó profusamente. Ese desliz no podía permitírselo. Una rubia anfitriona indicó que Adolfo caminó hacia la salida, muy rígido, sacudiendo rítmicamente su mano derecha, junto a dos guardias de seguridad del casino. Era como si fuera contando sus pasos, señaló curiosa. En verdad era su ritmo: horquilla, rueda de escape, tictac.
En la habitación 74 del hotel Mirabeau sobre la mesita izquierda: 980 mil euros en un sobre, una nota de media cuartilla con la firma de Adolfo Wetz y una ficha negra del Casino de Montecarlo bajo un pedazo de papel con el nombre de Eva Apelhanz. La mucama encontró el cuerpo del respetado joyero francés ahorcado con los dos listones de amarre de las cortinas, suspendido inerte bajo el círculo de la lámpara de lágrimas de cristal. La hora local: 11:11 am.

octubre 13, 2017

Mientras leo

Mientras leo caigo en cuenta de ese privilegio de leer y escribir. Disfrutar la lectura en silencio y apiadarse de la mala escritura bajo nuestras yemas.

Sortear la bonanza de un texto impecable entre algún gazapo escurrido entre dedos, esas faltas que saltan, te pinchan un ojo y te hacen ir al inicio para releer el nombre del autor.

Gozar de finales magníficos y releer aquellos de tus obras favoritas, solo para sonreír una vez más.

De tanto en tanto volvemos a los libros del afecto, a esos padres literarios que siempre nos regalan enseñanzas...

Alguien ha escrito que somos producto de nuestras decisiones no de las circunstancias que nos rodean, de ser eso verdad, entonces a veces hemos errado seriamente... No obstante, las oportunidades para enmendar esas "metidas de pata" importantes para nuestro desempeño, bien podrían ayudarnos a definir la nueva ruta que deberíamos tomar si viviéramos sin miedo, como personajes de Tolstoi o de Víctor Hugo, como si alguien fuera dictándonos qué hacer, un escritor que no sabe para dónde nos va a llevar, pero tiene el deseo de hacernos crecer en cada página.

La vida se parece a la literatura, aunque la verdad esto es una tontería porque ciertamente es la literatura la que juega a mostrar vidas inmortales que se hunden, se salvan, persisten en sus malas decisiones e incluso nos enseña a perfeccionar esta simple existencia como mortales.