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agosto 29, 2013

El final de Evangeline Krausse (I)


Era la trigésima carta que enviaba. Había apostado a todas las horas: cerca del mediodía, casi al anochecer, a media mañana... la respuesta seguía allí, en algún espacio de su esperanza cada vez más fallida en los intentos. La verdad -inexistente para ella- era que Matías había desaparecido. De su rastro ni siquiera había pruebas en el ayuntamiento. ¿Matías Heckler? No, ese nombre no está en los registros le dijo una gordinflona de círculos en fucsia pastoso sobre las mejillas. Recuerda haber reparado en el maquillaje de circo de aquella mujer robusta de rasgos absolutamente vikingos. Ojos azules, muy azules, terriblemente azules remarcados en una franja verde, desde la arcada hasta el lagrimal, a manera de una Cleopatra de clima gélido. Los párpados en una gama de lilas y azules indescriptible; las pestañas espesas, alargadas, negras. Dos líneas delgadísimas, color chocolate, dibujaban unas cejas de muñeca de porcelana. Aquella cara era un lienzo tan albo que la paleta en ojos, mejillas y boca era imposible que pasara desapercibida. Los labios como una chupeta: rosado chicle, brillante y muy delineada en todo su contorno. De seguro esa mujer tenía cuello, pecho y cuerpo evidentemente, pero solo aquella faz, careta enorme y policromática estaba en el recuerdo de esa respuesta poco creíble para su emoción encapsulada.
¿Cómo que no está? preguntaba Evangeline y la voz de la gorda empleada le decía que ni vivo, ni muerto, solamente no existía. Era nada.
Irremediablemente cada día se acercaba a aquella puerta y deslizaba por la pequeña abertura un sobre celeste, oloroso, con dos pliegos dentro y una rosa lacrada a manera de sello íntimo. Nunca había tocado la puerta, nunca había escuchado ruido alguno. Pero hoy, esta había sido la carta número treinta y esperaba algo. No sabía qué exactamente, pero deseaba tocar esa aldaba dorada, escuchar un ruidito quedo en el gozne, esperar la sonrisa de una anciana en el umbral y preguntar por él. Eso, saber de Matías.
No respiró siquiera, un envión anímico sujetó firmemente la pieza de bronce y el toc-toc-toc resonó firmemente tanto como su corazón fuera de ritmo. Un viento alegró las pequeñas hojitas que enmarcaban la puerta y levantó apenas unos mechones del cabello de Evangeline Krausse.
Nada.
Seguía la esquina silente, la calle solitaria, la puerta cerrada, la casa vacía.
Nadie.