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julio 25, 2017

Después del dolor

A veces somos escuchas de historias que no hemos pedido y solo nos toca responder la sonrisa, mirar a los ojos y prestar atención.

Hoy un señor cubano alrededor de los setenta y largos años nos preguntó de dónde éramos. Respondimos, sonrió, nos miró directo y habló con sus ojos verdes lacrimosos. Empezó a contarnos de su vida, así como quien necesita lanzar semillas a ver si germinan. 

Era un matarife en su tierra natal, Pinar del río, hijo de un padre rico, poderoso y afecto a Batista. Él, de nombre Nino, era, por el contrario, un joven con ideas distintas. Tenía un amigo, Lázaro, mayor que él en edad y en lecturas que le hablaba del mundo y sus posibilidades. Aclara que este era extraordinariamente inteligente y soñaba, le decía, con ser un investigador; se sentía muy influenciado por él. Insiste que Lázaro era un lector consumado, de ahí su perspicacia, acota. Cuenta Nino que el 6 de enero de 1959 estaba en la casa de su amigo y escucharon el discurso de Fidel. De repente, pasados 10 minutos de atención a aquellas palabras destempladas, el amigo se levantó y apagó la radio. "Este es un comunista. Vámonos a la zafra, hay que producir, chico."


Nino narra que en 1963 su familia ya no tenía nada. El gobierno había nacionalizado la tierra, había tomado las propiedades de su padre, un día llegaron a la finca y se llevaron todo, los dejaron en la calle con lo que tenían puesto. Él empezó a ser contrabandista y andaba siempre escapando. Fue testigo de la primera huida en balsa. Su sobrino y varios familiares y amigos se embarcaron, pero debieron devolverse por un malestar estomacal del más pequeño de los viajantes. Todos los mayores estuvieron presos durante seis meses.

Él cuenta con voz lánguida, pero no está triste dice, ha vivido mayores tristezas, asegura. Cuenta que su novia de aquel entonces vio cómo asesinaron en una noche a 69 personas. Habla y dice cómo ella contó cada tiro, dice que ella no deseaba seguir allí, quería huir con él, pero no había sitio para los sueños. Eran guajiros, estaban enamorados en el peor momento, no tenían futuro. Siguieron los fusilamientos, la vida siguió: ella con su madre y hermanos en una vieja casa, él escondiéndose en el monte hasta que decidió irse a la casa de su abuela, a veinte minutos de La Habana.

Por un momento, Nino nos mira y sonríe. "Los estoy molestando, de seguro". Nada más alejado de lo que sentíamos. Cada giro en la historia de la vida de este anciano nos hacía sentir que estábamos oyendo a un fantasma contar. Sus manos manchadas, arrugadas y con dedos gruesos y algo aplastados doblaban la factura con cuidado. "Venezuela... Nunca fui allá", dijo con algo de pesar. 

Nino aclara que lleva fuera de Cuba casi 40 años, cuenta que nunca volvió, no tenía razones para recordar nada bueno allí: había estado preso, había perdido a sus padres, los amigos habían desaparecido, huido o muerto. Dice que la isla feliz de su infancia ahora es una laguna en su mente.

"Ustedes seguro tampoco volverán a Venezuela", nos dice Nino lapidario, "los países cambian mucho después del dolor y esa cara triste uno no la quiere ver".

Nino se despidió con una sonrisa. Creo que quizá la tristeza es una estampa que camina lentamente, tiene manos largas, mirada lacrimosa, voz enronquecida y lleva un pantalón holgado para las llaves del corazón.